AMÉLIE NOTHOMB: “Escribo todos los días de mi vida y necesito estar en ayunas, vacía, hambrienta”

LITERATURA
Escritora belga-japonesa, lúcida, durísima y precisa como un bisturí.
Estuvo en Barcelona en febrero del 2012.
Transcribimos aquí íntegramente el artículo de la página web: www.amoralart.cat , traduciéndola del catalán al español. Texto de Víctor Fernández Claras.
Es jueves 22 de febrero de 2012 y son casi las siete y media. Quedan pocos minutos para que comience la charla y la entrada del Instituto Francés está llena de gente, que aún no lo sabe, pero hoy se quedará fuera. Dentro, el auditorio está lleno a rebosar- se dice que asistieron más de 650 personas -y no cabe nadie más. Encima del escenario, ella: la mujer del sombrero, la mujer de negro, la escritora de piel pálida y labios rojos, la versión gótica y literaria de una auténtica rock star que mueve masas de gente. La misma escritora nacida en Japón, que ha vivido en Bélgica y en muchos otros países, que escribe en francés, y que es conocida en todo el mundo por sus originales, cortas y controvertidas novelas. Al día siguiente pasará exactamente lo mismo: Amélie Nothomb nos recibe a casi una cuarentena de periodistas para demostrar que no es tan estrambótica como parece: bien, estrambótica sí lo es, pero también es divertida y cercana. Después de escucharla hablar durante dos días seguidos, me viene rápidamente a la mente un fragmento de su última obra, Una forma de vida, que es precisamente la novela de la que nos ha venido a hablar: “Me equivoqué respeto a usted. A través de sus libros, suponía que sería alguien intratable, única, una persona a la que no se la pegas fácilmente. “
Son las palabras de Melvin Mapple, el protagonista de su último libro -Una forma de vida, Anagrama y Empúries-, un soldado estadounidense destinado en Irak que, un buen día, decide escribir una carta a su escritora favorita: la misma Amélie Nothomb. Hasta aquí todo normal, pero la mirada loca y original de la autora empieza a aparecer en el libro cuando este soldado manifiesta en una de sus cartas que desde que llegó a la guerra ha pasado de pesar 55 a 180 kilos. Este sobrepeso desmesurado no sólo es el objeto de debate del intercambio epistolar entre la autora y el soldado, sino que se convierte para Melvin Mapple una forma de protesta hacia la guerra atroz en la que participa. Toda la carne que le sobra – a la que decide llamar Sherezade – es un sabotaje y, posteriormente, un arte. “La culpa, en psicoanálisis, se explica con la expresión de llevar un muerto encima, llevar el peso de un muerto en los hombros. Para el protagonista es un acto de resistencia y sabotaje a la guerra. La guerra debería ser viril, donde hay hombres fuertes y atractivos, pero de esta manera queda ridiculizada. Pensé que estos soldados eran valientes cuando engordaban como locos. Son héroes para demostrar que la guerra es ridícula “, dice la autora provocando la risa de toda la sala. Al día siguiente, en la rueda de prensa, añade: “También quiero añadir una consideración dietética: todos los soldados vuelven de la guerra más grasos. Por lo tanto, por si lo que necesitamos es un eslogan, podríamos decir: ‘No haga la guerra, porque engorda “.
“Cuando mis compañeros y yo nos atracamos sin medida, los soldados delgados nos gritan: “¡Joder, chicos, dejadlo ya! ¡Dais asco, veros comer así dan ganas de vomitar!”. No decimos nada, pero luego lo comentamos entre nosotros: son ellos los que nos dan asco comiendo como si nada, masacrando civiles sin que se modifique su modo de vida, sin manifestar el más mínimo trauma. […] Somos los primeros en aborrecer la apelación de gordos, y entre nosotros nos llamamos los saboteadores. Nuestra obesidad constituye un fantástico y espectacular acto de sabotaje. Al ejército le costamos caros. Nuestra comida es barata, pero la consumimos en cantidades tan espeluznantes que la factura debe de ser considerable. Menos mal que paga el Estado.”
Amélie Nothomb publica una novela por año-aunque asegura que llega a escribir un total de cuatro, confirmando la leyenda urbana de sus lectores-. “Es cierto. Escribo cada día, sin excepción, desde las cuatro hasta las ocho de la mañana. Así es como se hacen muchos libros “. En el último que ha presentado en nuestro país, aparte de hablar de la guerra, reflexiona una vez más sobre la comida y, por primera vez, sobre el intercambio de cartas y la relación entre los autores y los lectores. “Mucha gente pensó que Una forma de vida era una novela autobiográfica, pero os tengo que decir que esta correspondencia es absolutamente imaginaria. Nunca tuve una correspondencia con un soldado estadounidense. Pero dos cosas son ciertas: la primera, que existe una escritora belga que responde su correo, y la segunda es que es cierto que hay una obesidad en el ejército americano en Irak”.
Sí, habéis leído bien. Amélie Nothomb recibe cientos de miles de cartas y las responde todas. Todo empezó cuando respondió la primera, una carta que recibió cuando publicó su primer libro: La Higiene del Asesino. “Respondí inmediatamente sin saber que ponía un dedo en un engranaje que me destruiría. Fue una ingenuidad como autora. Uno de los objetivos secundarios de este libro es pedir piedad al lector. Pero los lectores no lo han entendido así, y ahora me escriben cuatro veces más que antes. Por tanto, este libro podrá ser un éxito literario, pero es un fracaso desde el punto de vista de la experiencia. Soy como un hámster en la rueda, que una vez comienza, nunca puede bajar “. Bromea sobre el tema y decide pedir a los asistentes que le escriban cartas cortas. Ah, y advierte: “No me escribía sólo para ver si contesto, porque sí, contesto. De todos modos, si bien al principio respondía todas las cartas, incluso aquellas necias, ahora si me llega una carta poco cortés o necia la tiro a la basura. Por lo tanto, pongan en sus diarios: ‘Sólo responde cartas bellas e inteligentes’. Ya lo sabéis. Ah, como anécdota, en la charla del jueves por la tarde, un señor pide el turno de palabra para pedirle su dirección. “Este hombre es peligroso. Esto es sadomasoquismo! “, dice  Amélie. En relación a las cartas, y hablando sobre si se ha de conocer a un escritor, la autora responde que no, aunque depende: “Digo que no se debe conocer a los escritores pero vivo en una absoluta paradoja, ya que no me escondo, vivo abiertamente. Debe relativizarse. Hay algunos escritores que estropean más su obra que otros, y espero que no sea mi caso “.
En cualquier caso, el intercambio epistolar es uno de los temas centrales de la novela. Amélie Nothomb nos explica que se ha convertido en la escritora que es porque escribió cartas desde muy pequeña. Sus padres, cuando vivían en Japón, le obligaban a escribir al abuelo que no conocía y que vivía en Bélgica, y este ejercicio la entrenó en el arte del intercambio de cartas. Aparte de las excentricidades del libro, la autora también encuentra espacio para la reflexión: “La principal cosa que aprendí después de veinte años de publicar libros y responder cartas es que necesitamos al otro de manera infinita. Esto es cierto para mí y para el resto. No sabemos en qué consiste esta necesidad, pero hay gente que la necesita realmente “. A este respecto, añade: “La certeza de existir es recibir correo”, o “La carta es extraordinaria porque se escribe para una sola persona. Es como una novela, en dimensiones más pequeñas, para una sola persona “.
Sin embargo, Amélie Nothomb nunca ha escrito a sus autores favoritos. Asegura que no encontraría las palabras suficientes para expresar toda su admiración, y admira la gente que es capaz de hacerlo. Si tuviera que escoger algún destinatario de una de sus cartas, pero … “Supongo que escogería a Hakuri Murakami, porque es un gran escritor pero también un ser humano al que aprecio mucho. Quizás es un poco narcisista, pero él, como yo, también nació en Kobe “. Y es que Japón, por esta autora, es algo más que un país. “Tengo la sensación de que le debo todo a Japón. Es como un mito. Es un país imposible. Marchar a los cinco años fue una rotura identitaria total. La gente me miraba con perplejidad porque yo iba diciendo que era japonesa. Después cuando volví a los veintiún años me di cuenta de que quizás no era tan japonesa como creía. Soy una japonesa fracasada, pero soy japonesa “.
Una charla con Amélie Nothomb sería incompleta si no hablamos de comida. Ha abordado el tema en numerosas ocasiones a sus novelas. Para los que la sigáis, recordaréis su adicción al chocolate en Metafísica de los tubos, los cócteles vomitivos       de pretexto en Higiene del Asesino, la obsesión por  el champagne en  Ordeno y mando, o el redescubrimiento de la comida japonesa en Ni de Eva ni de Adán. “La comida para mí va mucho más allá de lo físico. Es algo metafísico. Cuando fui adolescente sufrí una anorexia muy severa. Comenzó cuando tenía trece años. Un día decidí no volver a comer nunca más. Y no comí absolutamente nada durante dos años. Y cuando digo nada, es nada, no es que comiera algo. Después de dos años me vi en las puertas de la muerte y tuve un problema, porque yo nunca hubiera querido morirme. La anorexia no se conocía tanto. Además yo vivía en el sudeste asiático, donde la anorexia no existe. Muere gente de hambre, pero no de anorexia. Y luego pasó algo muy extraño:se disociar mi cuerpo y mi alma: mi cuerpo fue a comer y mi alma se interrogaba. Después necesité muchos años para ir cosiendo las partes de mi cuerpo y mi alma”.
AMÉLIE NOTHOMB
Amélie es una escritora que se caracteriza por la economía narrativa, huye de las largas descripciones que caracterizan a las novelas y trabaja sobre todo el diálogo, atrevido, cínico, y muchas veces extremadamente violento. Ha combinado a lo largo de su obra novelas de ficción con novelas autobiográficas. Es por ello que sé que esto de la comida es un tema importante para ella. También sé, por haberla oído decir muchas veces, que para escribir necesita estar en ayunas absoluto. Quiero saber el porqué, y en un silencio de la rueda de prensa, le pregunto directamente. “Escribo todos los días de mi vida y necesito estar en ayunas, vacía, hambrienta. Cuando como no sé qué me pasa, pero me sucede algo que me impide estar en mi plenitud “. De hecho, nos explica cómo sería uno de sus días ideales: levantarse a las cuatro, escribir hasta las ocho, y continuar sin comer hasta las seis de la tarde, cuando rompería este ayuno con champagne. “El sentido del gusto está más desarrollado y el efecto mental que puede producir el champagne es espectacular. Llego a una borrachera fantástica. Viví esa experiencia ayer en Barcelona con el cava, que no conocía, y puedo decir que la experiencia fue extraordinaria “. En la rueda de prensa le preguntan si después de este episodio con el cava también se ha levantado a las cuatro de la madrugada: “Sí, como todos los días de mi vida, sin excepción. Es un aspecto de disciplina, porque es duro levantarse a las cuatro. A nadie le gusta comer a esas horas. Pero debo decir que después de esta disciplina aparece el placer. Y las cosas fáciles normalmente no aportan placer”.